Blasón 001

Sobre “Blasón”, de Gustavo Nieto

Por Gustavo Urueña Chaia

 

Como resulta inevitable en las obras autorreferenciales, la instalación con la que Gustavo Nieto cerró el año (2014) se proyecta hacia el pasado y se hunde en un dato biográfico del que se nutre y al que representa: el hecho de que el propio artista sea, desde diciembre de 2009, uno de los gestores de RUSIA/galería, espacio que es a un tiempo el lugar en el que sucede la obra y el objeto del que se apropia el artista al realizarla.

Quien conozca RUSIA/galería sabrá que, al igual que La Baulera —espacio desaparecido pero cuya influencia en el under tucumano aún se percibe—, la galería cuenta con dos salas de exposiciones: una negra y otra blanca. En “Blasón”, tal el título de la obra de Nieto, el color de las salas aparece invertido. Y en el suelo de ambas se puede ver charcos de pintura —negro en la sala ahora negra; blanco en la sala ahora blanca— sobre los que unas huellas de pies descalzos atestiguan la labor de alguien que ya no está.

Alguien que no está en el espacio pero que estuvo: sus marcas son innegables —alguien que persiste en la memoria y, sobre todo, en la representación, pues el catálogo de la muestra contiene el registro fotográfico de una acción en la que un hombre desnudo, un modelo manchado de pintura, interpreta el rol del que ha trabajado en esas habitaciones, del que hizo que fueran del color que son.

La mayoría de las imágenes muestran partes del cuerpo del modelo chorreadas de pintura (en la tapa, la mano izquierda parcialmente pintada de blanco y sobre fondo negro; en la contratapa, la mano derecha en parte pintada de negro y sobre fondo blanco; proporción que se mantiene a lo largo de todo el catálogo). En tanto en las únicas dos fotos en las que se ve al modelo de cuerpo entero —en una chorrea pintura blanca; negra en la otra—, el hombre desnudo sostiene un gesto y una actitud física que parecen indicar, si nos entregamos a la teatralidad que concentran las imágenes, la cansada satisfacción de quien ha llevado a cabo una tarea ardua; un sobreviviente al final de una batalla, podría ser, si inclinamos nuestras impresiones en uno de los sentidos que señala el texto del catálogo, escrito por Jorge Gutiérrez, curador de la muestra y antiguo director de La Baulera, cuando cita cierto ensayo de Montaigne y dice que “Alejandro, el capitán más arrojado que hayan conocido los siglos, casi nunca usó de armaduras en los combates (…) pues si hay quien muere por hallarse desprovisto de arnés, no es menor el número de aquellos a quienes perdió el embarazo de las armas, al hallarse imposibilitados de movimiento bajo el peso de la coraza”.

Se trata de Las armas de los Partos. En el mismo ensayo, más adelante, Montaigne refiere que Escipión en una ocasión le dijo a un soldado joven que le mostraba su hermoso escudo: “Es en verdad bello, hijo mío; pero un soldado romano debe confiar más en su mano derecha que en la izquierda”.

La palabra “blasón” refiere justamente al escudo, aunque en el sentido que le da la heráldica, o sea el estudio de los escudos familiares, los escudos de armas que representan la identidad de una casa. Así, con esta obra Nieto parece apropiarse de la gestión artística de RUSIA/galería y presentar la galería como su casa, en definitiva buena parte de lo que sucedió allí dentro en materia de artes visuales fue el fruto de sus decisiones como galerista (función que compartió con Alejandra Mizrahi, quien junto a Hernán Lucero, más bien encargado del área de literatura, conforman el grupo gestor de RUSIA/galería).

Este sería, si se quiere, el escudo que Nieto, sin armaduras, sostiene en su mano izquierda. En la derecha, esgrimiría, digamos, su rol de artista.

Pero el hombre cuya acción simbólica aparece registrada en el catálogo no solo carece de armaduras: está desnudo. En Nudità, Giorgio Agamben aborda el tema de la desnudez y dice que, en nuestra cultura, es inseparable de la signatura teológica. “Todos conocen el relato del Génesis, según el cual Adán y Eva, después del pecado, se percatan por primera vez de que están desnudos. (…) Según los teólogos, esto no ocurre por una simple, precedente inconsciencia que el pecado borró. Antes de la caída, ellos, aun sin estar cubiertos por vestido humano alguno, no estaban desnudos: estaban cubiertos por un vestido de gracia que se adhería a ellos como un hábito glorioso (en la versión hebrea de esta exégesis que encontramos, por ejemplo, en el Zohar, se habla de un ‘vestido de luz’)”. Y, unas páginas luego, concluye: “El problema de la desnudez es, pues, el problema de la naturaleza humana en su relación con la gracia”.

El cuerpo de belleza clásica que aparece en el catálogo funciona como una suerte de avatar doble y le presta su carne a Nieto tanto en su papel de artista como en su papel de galerista, y se muestra cubierto de pintura: la ficcional, la real y la simbólica —la del gestor, la del modelo y la de quien trata de cubrirse con ella en tanto gracia, en tanto “vestido de luz”.

 

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