Valeria Maggi. Sin Título 1. 2014. Óleo sobre tela. 200x430 cm

El show de la Muestra (pinturas de Valeria Maggi en La Cripta)

Por Giuliana Santochi

 

Para entrar a la muestra de Valeria Maggi en el Espacio La Cripta, hay que descender a un subsuelo por unas misteriosas escaleras. Hay que bajar con cautela; es difícil no impresionarse por el olor a humedad al llegar a la imponente sala, una inmensa habitación (si es que se la puede llamar así) toda sin revocar, gris, húmeda, con grandes columnas, techos muy altos, dimensiones magníficas. En ella se yerguen un grupo de pinturas,  grandes lienzos extendidos,  suspendidos por sus extremos. Así, sin bastidor, ni marco, ni nada. Pintura esparcida con ímpetu sobre tela.

Toda la sala oscura y sólo las pinturas iluminadas con un dramatismo casi teatral. Una de las pinturas se encuentra alejada del público mediante una canaleta por donde corre agua, y enmarcada en la parte superior por una cinta roja; la cual parece citar a una valla, de esas que se usan en la alfombra roja de los grandes eventos. Una escenografía y montaje dignos de un estudio cinematográfico, o de un canal de televisión.

El piso inundado con charcos de agua. Gente hablando frenéticamente, una heladera con cervezas frías, las pinturas expandidas iluminadas suspendidas; todo cubierto de olor a humedad que, colosal, pesado e imponente, se desplaza sobre todos los cuerpos.

En esta muestra (y sobre todo la inauguración de esta muestra) me fue imposible ignorar el espacio y el montaje, para embarcarme en la tarea de pensar en las “obras” en sí mismas. ¿Son “la obra” las pinturas colgando? ¿O la obra es ese TODO, conformado por el espacio, la luz, la gente, las cervezas, el olor, el misterio? ¿Me pasaría lo mismo si viera esas mismas pinturas enmarcadas en la pulcritud de un museo? Claro que no. La emoción que genera la obra está en gran medida sustentada por el espectáculo. El show de la muestra. Las decisiones de instalación y montaje. El lugar como institución/espacio que legitima el valor artístico, y la disposición de los elementos en ese espacio legimitador espectacularizante.

Cómo no hacer una analogía con el espectáculo, el show, la importancia de la (puesta en) escena. De la diferenciación escenario/butacas, pasarela/asientos, pantalla/televidente. La muestra como algo-que-se-muestra-a-un-público.

Yo soy el show y ustedes vinieron a verme, parecen decir las pinturas. Todo está oscuro, por lo tanto sólo a mí deben observarme, sólo yo estoy iluminada, e incluso cercada por vallas. Yo soy la estrella y deben contemplarme, admirarme.

Quizá a veces el espectador no es totalmente consciente de la importancia del cómo. De que no es solo la pintura (o el dibujo o el grabado o la escultura o el objeto, etcétera) sino cómo, dónde y con qué intención ha sido montada, lo que conforma la obra.

Esta muestra impresiona más por la experiencia de visitarla que por la materialidad de las pinturas. Presenta un fragmento del mundo representando a todo el mundo como una gran sala de un museo, con luces apuntando a diferentes puntos, donde todos miramos y somos mirados, siendo obra y espectadores constante y simultáneamente.

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