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La ola de la felicidad-Andrea Ocón

Andrea V. Ocón
 

La suerte de carte blanche que significó la invitación de escribir para Senso la tomé para pensar lo contemporáneo, los alcances de este término.

Escucho muy a menudo esta palabra que, en su apariencia, está sobredeterminada: lo contemporáneo sería aquello que pertenece a un mismo tiempo. Pero ¿qué es eso que creemos que compartimos en su enunciación?

Al cernir este vocablo no aludo a la definición de lo evidente, es decir a lo que se desarrolla en un mismo tiempo. Ese sería lo contemporáneo en sentido lato. Prefiero aproximaciones más finas, prefiero pensarlo en clave italiana, en el semitono que propone Giorgio Agamben.

Para este filósofo, ser contemporáneo es no pertenecer del todo a la época en que se vive, sino tener una relación singular con el tiempo. Esta singularidad no tiene el acento de la nostalgia de un tiempo anterior o pasado que sería mejor (en este sentido Woody Allen lo perfiló con suma agudeza en la película Medianoche en París), sino que existe en ese “ser contemporáneo” un destiempo, una soltura con el propio tiempo que considero muy fecunda para interpretar, leer, producir simbolizaciones en la actualidad.

Ser contemporáneo, entonces, no nos arroja la imagen del surfista que trepa en la ola del momento, porque allí habría-siempre desde la égida agambiana-una fascinación esclerosante, es decir una imposibilidad de ver la propia época en la cual se vive. Pero, ¿por qué digo esto?, básicamente porque existe un punto de ceguera, mejor dicho de escotoma. Esa ceguera temporal que llamo fascinación con lo novedoso no es lo que define la singularidad del contemporáneo. La posición del contemporáneo describe un corrimiento de ese punto de escotoma.

Nuestro sujeto “oportunista” (que aplicamos a la figura del surfista) no advierte los pliegues, las ondulaciones, las reverberaciones del pasado, las oquedades en el tiempo; el oportunista está trepado a la ola del momento. Digámoslo de una vez: el surfista se equivoca si cree que rizar la ola (en la aparente suntuosidad que da el contacto con lo inmediato, con lo actual) el le otorga un plus de saber o le da una ventaja.

Walter Benjamin es el filósofo crítico que entrevió la ceguera de la visión plena. Creer que ver todo, tener todos los contornos definidos tiene por resultado inequívocamente un punto de certeza. Allí, entonces, hay un punto de ceguera.

¿Cuál figura es la que Benjamin coloca en nuestro imaginario? La del Ángel que rota su cabeza hacia atrás y contempla azorado las ruinas de la historia. Es una bella imagen: pensar un ángel melancólico –lo imagino al modo contaminado de la contemporaneidad: un ángel como el de Win Wenders- un ángel descreído de los avances y fulguraciones de un presente, un ángel contaminado y secular, aunque no corrompido. Son imágenes que se precipitan: la figura de Benjamin imaginando un Ángel de la historia es muy pregnante. Lo que postula el filósofo también es atractivo: la heterodoxia como el camino de la praxis que se ejerce (o asume) sin encandilarse o encantarse con los cantos de sirena del momento.1

Un ser que sea contemporáneo es aquél que en su heterodoxia se aproxima a lo ambiguo.

En esto el arte tiene ventaja ya que la ambigüedad propicia la construcción de significaciones, que a su vez permite abrir horizontes. Un horizonte disparado hacia fugas, si no infinitas, por lo menos incontables: así, cada vez que un espectador asome al arte contemporáneo asume el riesgo – no carente de valentía y coraje – de no cerrar la historia.

La dimensión de lo ambiguo, naturalmente, ha existido desde siempre en el arte. Es en la contemporaneidad cuando lo ambiguo explota: se potencia como discurso de los artistas y el espectador se ve impelido a “desambiguar” lo que ve, a completar la obra, a “restarla” de la idea de completud.2

El ser contemporáneo, siguiendo a Agamben, es aquél que puede leer imágenes y textos de tiempos distintos al actual. Es que, en su relación con lo temporal que es de otra factura, el contemporáneo puede discernir los pliegues temporales inscriptos en las imágenes y puede abordar un texto (literario, por caso) sin sentir que no le pertenece por haber sido escrito en otra época histórica.

Es que, como había señalado líneas arriba, el contemporáneo vive un desfase con su tiempo que le permite tomar una distancia, la soltura de la que hablaba es productiva. ¿Y qué es lo que advertiría ese sujeto que no advierte el surfista encaramado en la ola?

Al no enceguecerse con lo novedoso, nuestro sujeto ve las sombras, las oscuridades de su tiempo. Agamben lo dice: “percibir esa oscuridad no es una forma de inercia o de pasividad sino que implica una actividad y una habilidad particulares que, en nuestro caso, equivalen a neutralizar las luces provenientes de la época para descubrir su tiniebla, su especial oscuridad, que no es, sin embargo, separable de esas luces”.3

Lo ambiguo en el arte y las tinieblas. La tarea de desambiguación y la lectura activa de las sombras. La alternancia entre luces y sombras, vía regia de contrastes y sutiles grises. El desfase del ser contemporáneo contrapuesto a la adherencia del surfista a la felicidad de la ola…del momento.

1 Cantos de sirena en todos los ámbitos de la cultura: estéticos, artísticos, políticos, de la razón técnica, cantos de sirena de la ciencia, etc.

2 Es preciso una aclaración: no es lo mismo completar la obra, tarea que le cabe al espectador, que la idea de completud de la obra, que alude a lo cerrado, autosuficiente y ensimismado “en sí mismo”. Ese “completamiento” del espectador es-por supuesto- provisorio, intermitente, en carácter de puntos suspensivos. Cada vez que un espectador aborda una obra se reanuda esta tarea, delicada y deliciosamente “sisifesca”.

3 Agamben, Giorgio: Desnudez, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2011.

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