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Un inquietante paseo por La Utopía

Por Sergio Ordeñana

“La utopía no existeexiste sí la justicia y el lugar donde vive la justicia, que es igual a decir: el lugar donde vive el bien.”

La frase suena linda y esperanzadora pero, disculpe lector, no es más que otra fantasía, o una expresión de deseo, porque ese lugar del bien y la justicia plena es ciertamente el de la utopía, el lugar que como sociedad, aún no hemos descubierto.

Los artistas de Utopía tampoco existen, aunque algunos se acercan a un ideal de arte que produce tanto placer a los sentidos más pedestres como a las, a veces vanas, ilusiones de trascendencia.

Existe sí una forma de arte que ayuda a nuestra necesidad de descubrir ese mundo más justo, ese que siempre nos quedará lejos, pero que será norte de nuestras acciones.

Beltrame despliega en su exhibición, una serie de pequeños cuadros-cajas que contienen tejidos primorosamente realizados por randeras tucumanas. Cada randa reproduce íconos, enseñas y símbolos de agrupaciones que han ido transformando sus métodos de lucha para superar la injusticia, haciendo uso de las armas en su momento o del poder político y económico en otro, con el fin de lograr una sociedad más igualitaria.

C.B. es una artista que conjuga la delicadeza y el cuidado en la realización de esta obra, con la (artística) capacidad de trasladarnos a un mundo que seduce, comunica y encanta; en este caso con una obra que conecta los primeros años de la década del 70 con un presente que, a pesar de nuestros deseos, ve deteriorarse un proyecto que hasta hace poco unía a la mayoría, más el  3% de nuestros compatriotas.

El artefacto que Carlota despliega es hermoso. Es imposible no entregarse al disfrute de una obra que además de bella, está montada con excelencia.

Las randas parecen tener un brillo sobrenatural y acercarse a ellas es quedar atrapado en la perfecta armonía entre tensión y delicadeza que exige el arte de tejer de este modo.

Mirarlas en la sala en semipenumbra es sumergirse en la ambivalencia que contrasta la lucha social y sus símbolos con la labor más íntima y privada del tejer, en una actitud que me imagino vecina a la meditación o al menos, a la introspección profunda.

Carlota nos pasea en el tiempo, desde un momento violento de la historia reciente hasta estos años en los que tuvimos de nuevo la esperanza de dirigirnos hacia una situación ideal. Lo que para algunos fue sueño y labor, y para otros, solo una farsa que nos depositará en el mismo lugar del que salimos, como si el viaje en el carrusel de la felicidad llegará a su fin y nos viéramos obligados a volver a caminar los senderos barrosos de un parque de diversiones en eterna decadencia.

La muestra entraña quizá una crítica sutil de las injusticias y desigualdades y nos enfrenta el desafío de entender por qué hemos sido incapaces de tan siquiera acercarnos a ese sueño de felicidad plena.

Que Carlota haya elegido nombrar La Utopía a su obra es por lo menos inquietante si pensamos en la condescendencia que tal aceptación puede despertar en algunos “realistas”.

Tal vez Carlota Beltrame viene a decirnos que el compromiso más grande es el de dedicarse a una actividad que difícilmente tenga un objetivo práctico más allá del arte en sí mismo.

La muestra es en la Casa Coronel, robada durante la dictadura militar por los secuestradores de la familia dueña de la propiedad, recuperada por la justicia en el año 2005 y puesta al cuidado de la Secretaría de Derechos Humanos de Tucumán. El lugar suma sentido a la obra de Beltrame y es interesante pensar en cómo ambos se enriquecen mutuamente.

 

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