02 Pablo Lescano 02

Puertas adentro, listos a salir

Por Romina Rosciano Fantino
Foto: Pablo Lescano, Arquitectura corporal

Cuando me proponen escribir este texto pensé en el resultado como algo sencillo, acotado pero rotundo, concreto. Algo tan sencillo no podría ser sino sumamente difícil de conseguir. Más si estamos hablando de arte, más si les digo que es acerca del arte de Tucumán, y más aún si es de aquel que está todavía gestándose a segundos de despuntar. Para algunos será una obviedad lo que quizás para otros una novedad, pero vale acercar la pista del vínculo innegable entre los artistas tucumanos y su academia, la Facultad de Artes de la UNT. Este vínculo data de sus inicios y se mantiene hasta hoy, con incontables transformaciones según ha transcurrido el tiempo desde su nacimiento hasta el día presente en el que escribo y en el que ustedes me leen. Aquí no intento hacer un recorrido por su historia, ni nada cercano. Simplemente pretendo recordarnos la importancia que tiene ella para los que estudiamos y estudiaron allí, para los que trabajan y trabajaron ahí, para los que construyeron grandes y pequeñas cosas desde cotidianos encuentros entre compañeros y docentes, entre amigos, entre colegas, entre enemigos, desde las horas transcurridas dentro de sus alguna vez conventuales aulas, pasillos y patios. Las ventanas ojivales de la biblioteca, que alguna vez escucharon oraciones y homilías parsimoniosas, luego asistieron a largas horas de estudio, a agitados exámenes y a innumerables rumores más indiscretos que académicos murmurados entre medio de mesones, libros y telas de araña.Fueron esos insignificantes relatos, cortos, de todos los días, los que sirvieron como abono a los artistas emergentes, muchos de gran o media trayectoria, y son los que siguen fertilizando los campos del arte actualmente. Y pensar en algunos estudiantes que con su proceso y su producción vayan destellando indicios de una obra sugestiva y atrapante es también una tarea revuelta. No sólo porque hay muchas poéticas, muy diversas algunas de otras, sino porque hay también intenciones y niveles discursivos en extremo variados y a veces muy distantes. Sin embargo yo corro con alguna ventaja porque sigo estudiando dentro de la Facultad, lo que me permite tener un trato habitual con lo que sucede allí. Distintos criterios podría mencionar sobre cómo fui guiando mi mirada y mis dedos para escribir esto: que los discursos, sin que estén necesariamente cerrados, den cuenta de problemáticas actuales; que la producción esté cimentada en estrategias contemporáneas; que manifiesten en sus obras un pensamiento crítico en mayor o menor nivel. Si bien mantengo estos criterios, a veces también opera el criterio de la filiación, porque se filtra aquí esto que Gustavo Marrone nos propone en la curaduría de la reciente muestra Filiaciones cuando dice que “las filiaciones son reconocimiento de pertenencia y proyección sin esperar necesariamente aprobación por alguna de las partes. También son coincidencias en formas de mirar y entender el mundo”[1]. Esas formas coincidentes de observar, abordar, comprender el mundo y el contexto, lo local y lo global, y las subjetividades que se identifican entre sí mientras que se saben muy distintas a la vez unas de otras, es algo clave para comprender la producción actual, y de alguna manera, estos estudiantes o jóvenes artistas.

Masa, la ciudad, clavos y luces de colores

Hay algunos momentos o circunstancias que por alguna razón del funcionamiento de nuestra memoria quedan mejor guardados que otros. Necesariamente algo sucedió en mí porque recuerdo muy bien el instante en el que vi el video de Guadalupe Carrizo, Ya!.  En él aparece la expresión “Ya!” hecha enteramente de masa con levadura acomodada en el piso de cerámico de una casa, iluminado por el sol. Todo el video transcurre en el tiempo que la masa comienza a levantarse, la luz del sol se mueve hasta generar sombra, y pasa largo tiempo mientras ese “ya”, esa inmediatez gritada, esa urgencia de ser instante actual, era demorada por el proceso natural e inevitable de la levadura. Hasta la letra en carta parece dar cuenta de una cierta inocencia en ese intento absurdo –conscientemente absurdo- de generar o capturar la inmediatez por medio de algo que no puede sino demorar. Como las niñas que ya! quieren ser grandes para usar maquillaje, carteras y tacos pero sólo pueden jugar a eso, imaginarse que lo son, creerlo por un rato hasta que se cansen de jugar. Con esa misma sutileza con la que este video dice algo preocupante, Guadalupe viene indagando temas como la identidad, la familia y el paisaje. En una instalación realizada en su estadía en Brasil, en la ciudad de San Pablo, la palabra “YO” formada con pequeñas placas de metal –algunas llevaban las inscripciones “soy” y otras “no soy”- sobre la pared mostraba esa construcción contradictoria y desencontrada de la identidad propia, y por qué no también de la identidad colectiva.

Pensando en lo colectivo, aunque con una obra más radical, mucho más que la mayoría de las producciones que he observado en los últimos años, Matías Zelarayán explora y explota elementos comunes de las ciudades y sus paisajes con una actitud marcadamente crítica puesta en ellos. Un horizonte urbano donde se ven sus múltiples edificios de altura pierde espacios –o gana vacíos- en pos de una presencia un tanto arrolladora de la civilización, que de a poco traga aquello que de humanidad hemos perdido o nos falta por tener. Al detenerme ante sus piezas, intuyo que hay algo más por detrás de todo eso que se muestra a primera vista: hay un sentido subversivo, cuya sola presencia un tanto velada habla de la postura que Matías tiene como artista. La última obra presentada en la muestra “Taller Abierto 2013” era un objeto que invitaba a husmearlo y a llevártelo. Si existe algo hecho para ser llevado, lo es la valija, como esta valija que contenía elementos y materiales para realizar una vivienda precaria de cartón, acompañada por un texto del Situacionismo que, resumidamente, sugería no sin sarcasmo la forma de instalarse exitosamente en una ciudad y de habitar de manera cómoda una casa. La yuxtaposición entre un extremo y el otro, además de una clara ironía al respecto de las viviendas y formas de vida marginales, bien puede resultar en una metáfora del modo de vida urbano y alienante. A través de estas imágenes el autor señala en toda construcción urbana, que se nos aparece tan sólida y segura, la grieta por donde puede emerger la tragedia de un mendigo, de los niños marginales, de los ancianos olvidados, porque ahora importa más ese hábitat de cemento, acero y vidrio, que aquellos para quienes fue pensado y construido.

A veces me pasa con las obras de arte lo que me sucede cuando estudio de un resumen de alguien en lugar de leer de la bibliografía: me cuesta el doble retener la información, porque en ese resumen están ya procesados los datos según algún criterio que no es el mío, y además de decodificar el contenido también tengo que decodificar los criterios de comprensión y producción de texto de esa persona. Con Fernando Macías me sucede algo similar, aunque no igual. Él, aunque diga que yo hablo mucho, es un ejemplo del extenso hablar o del mucho decir. O no sé si mucho pero de una manera que atenta contra mi lógica de razonar, por lo cual me hizo pensar en sus obras de otra forma, me obligó a ubicarme desde otro lugar para asomar alguna lectura más desacostumbrada a la mía. Lo que encontré fueron muchas preguntas. Cada pieza, al practicar una interpretación, mi imaginación y mi razonamiento le daban entidad de pregunta. Entonces pienso su único clavo en un pedestal blanco –titulada Esto no es un epígrafe, otra de las obras expuestas en el “Taller Abierto 2013”- como una pregunta acerca del sentido del hacer artístico, de las muestras, sobre el sentido del artista y de su trabajo, sobre el espectador y sus capacidades. ¿Qué sucede cuando las herramientas y sistemas constituidos alguna vez con una función suelen parecer ser más importantes que su función o que aquellos objetos o ideas que ordenan y ponen en funcionamiento? ¿Por qué el montaje de una obra puede llegar a ser más importante que esta? ¿Qué pasó cuando importa más que haya vino en el vernissage que ideas en el discurso de la muestra, o cuando algunos ni siquiera encuentran valor en el hacer artístico? ¿Por qué y cómo los artistas desisten de las actitudes autocríticas? ¿Cuándo el juicio hacia colegas artistas es crítico y estético y cuándo es guion de programa de chimentos? Cuando Fernando en su performance, después de montar pegando con cinta unos dibujos sobre la pared, cuelga como un dibujo más la cinta en un clavo, todos los dibujos pierden sentido, o mejor dicho, éste se desplaza tajantemente hacia otra dirección. ¿Cuestiona el montaje en relación a la obra, o la obra en relación a sí misma? ¿Cuál es la concepción de arte que subyace en esta acción? Como ya dije antes, sus obras tomaron forma de pregunta para mí, y por lo tanto responderlas sería un tanto absurdo, o al menos poco divertido. ¿Qué pretendo con este texto sino generar preguntas en el lector?

Por esas cosas del funcionamiento de la memoria de las que ya hablé, recuerdo estar sentada en la mesa de atrás del taller escuchando con la mitad de la atención las entregas de un grupo de alumnos; recuerdo oír una voz familiar, amiga, que explicaba algo; recuerdo girar mi cabeza y ver un video. Eran haces de luces de colores proyectadas desde vasos de vidrio. Algo simple, simplón, que no podía ser sino muy atrapante, muy exquisito. Sé que a Pablo Lescano lo conocí en el 2012, cuando él estaba cursando el taller de segundo año de la licenciatura en Artes Plásticas. Digo que sé porque no recuerdo su trabajo en ese entonces, siendo que estaba como adscripta de la cátedra, pero sí tengo presente en mi memoria su trabajo posterior. No eran más que experimentaciones, pero con algún indicio importante, porque la imagen lograda en ese video encarna cierta pulcritud y exquisitez que para nada lo dan los objetos que la componen. Y aunque sean distantes de este trabajo, ese mismo tono aparece en trabajos de arquitectura corporal que vinieron después. A mí me pareció siempre difícil indagar el cuerpo como soporte estético, o como disparador, pero los trabajos de Pablo me convocaron en algún nivel a reflexionar, me dicen que algo está sucediendo allí cuando exhorta -sino obliga- al cuerpo a expandir su sentido al ser revestido o cargado con estructuras u objetos ajenos a él, como sucedió también en los últimos trabajos que vi donde hay una reflexión sobre la identidad a través de intentos de retratos. Me parece importante dar una última pista: las filiaciones también las tomé en sus posibilidades análogas, porque los discursos de los cuatro artistas son bastante diversos entre sí, las distancias son fácilmente reconocibles y trazables, y sin embargo en los cuatro artistas aparece una mirada un tanto renovada del mundo, incluso algunos temas llegan a rozarse pero son tratados con desemejanza, y en esa desemejanza me pude encontrar para esbozar este texto.

Julio 2014

 

[1] Filiaciones. Catálogo de muestra http://www.fnartes.gov.ar/upfdeeem.pdf. Consultado el 14 de Julio de 2014.

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