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Sobre “El bolo atorado en la garganta”, de Natacha Voliakovsky

Por Gustavo Urueña Chaia

 

Desde el principio lo que me atrajo fue que, según había leído en Facebook, la obra girara en torno al miedo y a la angustia. Por lo que había podido entrever, la “pieza” consistía en una chica tirada en el piso, desnuda, pálida, probablemente inmóvil: el cadáver de una chica. En ese simple pantallazo, el flyer y un par de fotos, la angustia ya se había asomado. Y un anzuelo morboso tiraba de mí con fuerza.

Recordé las palabras de Lovecraft en su ensayo sobre el horror en literatura: “El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el tipo de miedo más viejo y poderoso es el temor a lo desconocido”.

La puerta certera hacia lo desconocido es, por supuesto, la muerte. No sé si lo pensé o fue algo que le murmuré a uno de mis hombros —esa manera solapada de hablar de la muerte que tenemos quienes, así como pronto atendemos el buen funcionamiento de nuestra máquina de negación, nos entregamos fácil a las reflexiones fúnebres de entrecasa.

Ante la muerte propia, continué, sucede el pavor, en tanto la muerte ajena aparece como el más básico motivo de angustia: la muerte de los otros nos deja desamparados, primero, y luego nos recuerda lo inevitable de la nuestra, por eso la angustia precede al miedo.

No quise seguir tirando de ese hilo por el momento. Pero como fuese, ya estaba enganchado y resultaba inevitable que ese sábado fuera a RUSIA/Galería, donde Natacha Voliakovsky, en el marco del Circuito Abierto Tucumán, presentaría El bolo atorado en la garganta, la obra en cuestión.

Entretanto, semejante a una resonancia, acudió a mi memoria la artista venezolana Rafaela Baroni, quien en 1945, a los once años de edad, murió por primera vez. Rafaela ya era bastante conocida en el pequeño pueblo de Trujillo donde residía por sus tallas de ángeles y ovejas, de manera que mucha gente acudió al velorio y la vio sin vida, varios lloraron y rezaron alrededor de su ataúd y no fueron pocos los estupefactos que la vieron resucitar tras veinticuatro horas de ausencia.

Luego del segundo ataque cataléptico, ocurrido veintidós años después, durante el cual fue velada por setenta y dos horas, Baroni decidió representar su propia muerte y en 1985 realizó La Mortuoria, una réplica de sí misma tallada en madera y acostada dentro de un féretro, figura a la que la propia artista suele sustituir cada tanto cuando interpreta la obra performática titulada El Entierro.

Como al franquear la puerta de ingreso a la galería Rusia lo que queda de frente es la así llamada sala blanca, los que llegamos puntuales a la muestra vimos luz y nos metimos ahí: en la pared del fondo se proyectaba un video que, según recuerdo, mostraba árboles y veredas, el loop de un recorrido cámara en mano por la ciudad. Confieso que, algo desorientado por no haber encontrado de entrada lo que buscaba, no le presté mucha atención al video. Pero de cualquier modo pronto supe por Alejandra Mizrahi, gestora de la galería que salió al encuentro de los desprevenidos, que el video era el testimonio del periplo llevado a cabo por Voliakovsky en busca de algo a lo que aferrar su pieza, pues se trataba de una obra de site-specific, y que la performance acababa de comenzar y sucedía en la sala de al lado, la denominada sala negra.

El día anterior había leído en alguna parte de la web que Natacha Voliakovsky una vez representó, no una muerte cualquiera, la muerte genérica de una chica, sino su propia muerte, al igual que Rafaela Baroni. Y que desde entonces juega, como Baroni, con la idea de que ahora transita una instancia post mortem. Había leído, además, el texto que acompañaba a El bolo atorado en la garganta, en el que Voliakovsky se preguntaba qué había que hacer para escapar a la trama de prejuicios en la que somos formados desde el nacimiento.

Avisados por Alejandra, los cuatro o cinco espectadores que habíamos llegado primero a Rusia entramos a la sala negra al mismo tiempo. Y nos fuimos acercando en la penumbra hacia lo único que había allí como quienes se aproximan a una forma vagamente humana que descubren tirada en una acequia.

Ahí estaba Natacha en un rincón, envuelta en un plástico similar al que envuelve el cuerpo de Laura Palmer en Twin Peaks y rodeada de naranjas. En realidad, el plástico era más transparente y dejaba ver el cuerpo de Natacha a la perfección: una mancha pálida y curva, hipnótica, de la que parecía salir la escasa luz que había en la sala y que hacía vibrar el aire a la vez que nublaba la vista.

Di dos pasos cautos hacia ella. Y noté que el olor de las naranjas, dulce pero también al borde de la putrefacción, lo impregnaba todo. Entonces las naranjas de alguna forma cambiaron de significado. Tuve la impresión de que en ese instante ocurría una especie de celebración de la muerte.

Muy de vez en cuando el cuerpo se movía apenas como en un último estertor y el plástico crujía.

Una muerte —pensé, acaso mareado por efecto de la pieza en la que me veía inmerso—, una muerte que deja los huesos expuestos, los intestinos y su contenido a la vista de quien pase y quiera ver, es un espectáculo generoso que deberíamos mirar agradecidos y dejarnos llevar hasta el fin de las ideas que dispare.

Era como si el cuerpo de Natacha, el crujido del plástico y el perfume de las naranjas me hubiesen estado hablado al oído acerca del olor de la carne y de la sangre y de los excrementos, de los sonidos borboteantes de la vida que se escurre, de los colores brillosos de las sustancias y los órganos.

Y era también, me pareció, una especie de invitación a una muerte simbólica con el propósito de renacer a una resignificación de la experiencia vital. Una muerte simbólica que nos permitiese dejar atrás de una vez las nociones heredadas y entrar, en lugar de a las tinieblas de lo desconocido, a una zona desconocida de la vida, donde hubiera que crear de nuevo el sentido de las cosas y de los hechos.

Había planeado quedarme en la sala un rato largo. No las dos horas que duraría la performance pero sí por lo menos unos treinta minutos. Así, me sometería al máximo a la pieza, a la presencia del cuerpo de la artista, al conjunto de estímulos puestos en juego. Sin embargo, todo el efecto que podía causarme la obra me había llegado de inmediato y ya incluso la angustia había sobrepasado el nivel de la inacción, se había transformado en desesperación directamente, y ya casi me impulsaba a tratar de revivir a Natacha.

Foto: Fernando Macias

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