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Sobre Valeria Maggi en Espacio Cripta

Por Hernán Lucero

 

 

‘’¡Ah, bueeeno!” esposa de un amigo observando la primera pintura de la muestra.

 

‘Tucumán es fácil, empezás con ventaja’, le dije el otro día a una amiga. Ahora pienso en que no sé si realmente es una ventaja, depende sobre todo de en relación a qué. Lo que le quería decir a mi amiga era que es fácil aprender el mundo desde Tucumán, algo así como que te ofrece un curso introductorio y un poco más. Me acuerdo de cuando tenía quince años y mis padres querían regalarme una guitarra nueva, una opción eran las guitarras de medio concierto. Era la idea de una guitarra de estudio que también podía servir para tocar de verdad, un instrumento por el que valía la pena gastar unos pesos más porque también servía para tocar, digamos, frente al público. Esa sería la idea: Tucumán es un lugar de medio concierto.

Imagino que la mayoría de los que leen este texto lo saben, Espacio Cripta está ubicado en el subsuelo (inundado por cerca de cuarenta años) de una iglesia salesiana. Pasado, oscuridad, humedad. He visto varias muestras en la Cripta y creo que en todas he percibido el trabajo de los artistas por usar e incorporar las extremas particularidades del lugar, de hecho quizás las más de las veces directamente han pensado sus muestras a partir del espacio, y me imagino que eso representa mucho más que un estímulo, lo veo más como el desafío de que el espacio no se coma la obra.

Me gustan las pinturas de esta muestra, me gusta el montaje. Me sustraen, reconozco figuras, después las descarto, veo pensamientos, por momentos siento que estoy viendo una exposición dentro de una película, sí, estoy impactado y contento de haberme levantado de la computadora y desviado del camino al súper, que era el motivo por el que salí de mi casa. De pronto me acuerdo de una conversación con mi hermana y su esposo en la que me comentan que están buscando una pintura para el living de su nueva casa de country. Mientras escribo el mensaje para recomendarles la muestra, pienso en el tamaño del living de su casa y el de las pinturas y me doy cuenta de que son muy grandes, no hay ninguna pared en la casa de mi hermana en la que pueda entrar alguna de estas telas. De todas maneras les envío el mensaje a los dos, pienso que no les va a venir mal salir y de paso conocer un lugar tan particular. Y tal vez mejore la idea que en su juventud se han hecho de los artistas y el ambiente del arte de Tucumán.

Salgo y mientras camino en dirección a la avenida y trato de recordar qué ómnibus me puede llevar de vuelta a mi casa, pienso en todo lo que acabo de ver y se me cruza la idea, un poco vieja, que tengo en relación al arte contemporáneo que me gusta, que es más o menos ésta: sólo me interesa el arte que sucede más allá de su marco, el que me sitúa en otro lugar, fuera del arte como ámbito y fuera también del lugar de exposición. Me inquieta o me atrae cuando ha logrado que algo se descoloque en la relación habitual que tengo con lo simbólico (creo que muchas veces la simple idea de ver arte atenta contra eso, sobre todo si la obra evidencia un mensaje del tipo ‘usted está frente a Arte’). Al principio, cuando empezaba a ver y a conocer un poco de arte contemporáneo, pensaba que este tipo de experiencias eran solo algo personal y no relacionado con las intenciones del artista, y que resultaban de la desorientación que sentía con respecto al mundo del arte en general. No hace mucho concluí que justamente eso es casi lo único que me interesa del arte, y que al mismo tiempo reconozco que donde –en términos relativos– más frecuentemente se dan este tipo de experiencias es en el arte contemporáneo.

Vuelvo a la muestra. Tengo la sensación de que hay una trampa. Es una sospecha. Lo he conversado con un par de amigos y en resumen pienso que podría tratarse de dos tipos de engaño. Uno sería una trampa de mala fe: la artista piensa una muestra que supone a un espectador específico, en este caso: el tucumano que circula por los espacios de arte. Lo conoce, lo ve, lo analiza, luego lo somete a un montaje buscando que realice una reflexión en concreto. El otro tipo de trampa es válido, es el que funciona para descolocarme en relación a unos códigos simbólicos determinados (no me animo a enumerarlos, pero arriesgo que son los relacionados con ese espacio en particular, la oscuridad, el expresionismo abstracto como corriente pictórica, el óleo, etcétera). En este caso lo que se busca es mucho más complejo, usa las imágenes, la técnica, el material y el montaje para, a partir de cierta idea de arte, proyectarse hacia otra cosa. Si esa es la propuesta, me parece arriesgada y difícil de lograr. No sé si lo consigue, es probable que sí. Pero yo me he quedado a mitad de camino, quizás porque siempre, desde un primer momento, tuve desconfianza en las propuestas ficcionales de gran magnitud que a veces hacen los artistas, o dicho de manera más simple: porque no tengo fe.

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